Con los años me doy cuenta de lo mucho que este viaje me aportó

Calcuta, Bengala Occidental, India6 SemanasFin de la Pobreza

Por qué me animé a hacerlo

En el año 2008 pasé un verano de voluntariado en Calcuta.

No voy a descubrir a nadie que, de las muchas ONGs allí asentadas, tal vez la más emblemática, y con certeza la que convirtió Calcuta en el epicentro del voluntariado asiático, fue la de las Hermanas de la Caridad.

Hay otras muchas organizaciones igualmente efectivas y que desarrollan labores similares; la enorme Red Light o la modesta Colores de Calcuta -de promoción española-; en el fondo, da igual: todas se impregnan del espíritu original de las Misioneras de la Caridad. Y todas, aun siendo laicas, mantienen una afinidad evidente al catolicismo y al modo en que Madre Teresa desempeñaba su labor.

Voy a tratar de escribir en base a mi experiencia personal, sin búsquedas de Google adicionales más allá de las necesarias para escribir correctamente los nombres. Imagino que no será difícil encontrar descripciones mucho más exhaustivas y técnicas si se buscan -yo las encontré hace ya más de diez años sin problema-.

Aquel verano había terminado segundo curso de Arquitectura y, sin duda, seguía unos patrones muy parecidos a los de muchos universitarios de esa edad: escasa religiosidad, cero vida espiritual y ningún sentido de obligación más allá de aprobar puntualmente los cursos y salir de fiesta los fines de semana. Sí había hecho voluntariado, pues en mi Colegio Mayor en Madrid era una actividad que nos daba puntos ante los curas para asegurarnos la renovación; sin embargo, mi estilo de vida era más bien frívolo y, si me lancé a hacer esta experiencia, fue más por ver mundo y vivir experiencias que por una suerte de vocación misionera.

Dicho lo cual, con los años me doy cuenta de lo mucho que ese viaje me aportó, aunque esto suene a lugar común. Por supuesto, está la experiencia del voluntariado como tal, pero hay innumerables circunstancias que enriquecieron mi labor y la convirtieron en una de las temporadas más felices de mi vida.

Como ya he apuntado al principio, irse a Calcuta de voluntariado es casi como irse de campamento. Raro es que alguien de nuestro entorno intermedio no lo haya hecho. Como tal, las infraestructuras de numerosas ONGs están allí bien asentadas; también hay múltiples opciones baratas para el alojamiento y la comida. Es cuestión de dos búsquedas de Google. Yo dormí primero en una casa que había alquilado una asociación parroquial española, en la que me integré, y más tarde en el mítico Hotel María, en la muy pintoresca y amable Sudder Street.

Entrada del famoso Hotel Maria en Sudder Street

Las Hermanas de la Caridad dividen su labor entre varias casas: Premdam -gran sanatorio de enfermos no especialmente graves-, Khaligat -el original de Madre Teresa, junto al templo de Kali, con enfermos terminales-; también hay otro para niños con deformidades y taras cuyo nombre no recuerdo; tal vez otro para mujeres maltratadas... No lo sé. Cuando llegas a la Casa Madre de la organización, en pleno barrio musulmán -a quince minutos andando de la ya mentada Sudder Street, donde sin duda pasaréis mucho tiempo- te explican y te ofrecen visitar las varias opciones para ver cuál se adapta más a tu perfil.

La Casa Madre, sus desayunos, sus oraciones, sus reuniones..., es algo que recomiendo encarecidamente. Incluso si vas con cualquier otra ONG o si la religión te da igual, como es y era mi caso. Ese edificio tiene un alma propia y está lleno de gente buena que, además, en la mayoría de los casos, resulta interesante de conocer y tiene buenas experiencias que compartir -a bote pronto se me ocurre Antonio, fundador de Colores de Calcuta-.

Entrada de Premdam 

Cómo es un día normal

De las múltiples opciones escogí Premdam por las mañanas y Khaligat por las tardes. Lo usual es hacer sólo turnos de mañana, y así comencé yo. No obstante, con el transcurso del tiempo me fui implicando tanto en mis labores que acabé dedicando una jornada de más de diez horas al cuidado de los enfermos. Una jornada que empezaba con misa de laudes a las seis de la mañana, costumbre que no había tenido en mi vida, y que concluía cerca de las diez de la noche, rezando el Magnificat en un saloncito común junto al que estaban las literas en las que dormíamos. Una jornada que, además del trabajo, también incluía largos paseos a pie o al bordo de tuk tuk, lluvia monzónica, sol de justicia, sudor ennegrecido por la suciedad, lentejas locales (deliciosas Dal Makhani en el Blue Sky, que regentaba el simpático Emilio), visitas a mercados para hacer la compra... 

En definitiva, construir un ensayo de "vida real" entregada a los demás -a los nativos a los que ayudas dentro de tu torpeza o a los muchos occidentales a los que escuchas- que, en mi caso, duró un par de meses. Y en la que fui muy feliz.

Sé que llegado a este punto, si alguien lee esto y está interesado en vivir esta experiencia, se preguntará qué tal es la experiencia de enfrentarse con las heridas abiertas, los miembros amputados, las deformidades..., hasta la muerte de los internados en los centros. Es algo que a mí en principio me preocupaba mucho y que, a posteriori, recuerdo como algo que se pierde en la rutina. Os aseguro que no es para tanto. El acercamiento a estas situaciones es gradual y su asunción ocurre sin más. Un ejemplo: cómo no vas a ayudar a bañar a un señor inválido al que llevas dando de comer durante dos semanas? Primero le lavas la ropa, luego le acompañas a dar un paseo, luego le cortas el pelo, le das la medicación..., al final, en el mejor de los casos, lo ves salir del centro. En el peor, tienes que rezar ante su defunción. Sea cual sea la situación, la contemplas con tan poca aprensión y tan arrastrado por el ambiente que no tienes ningún sentimiento altisonante. Sólo la certeza de que cada día que pasa, tu rutina en Calcuta ha devorado cualquier recelo inicial que pudieras tener.

Recomiendo que, el que se lance a Calcuta, lo haga cuanto más tiempo mejor, viaje solo -o alejado de gente de parámetros parecidos-, sin ningún afán de subir fotos a Facebook o magnificar el carácter de su visita‚ y, en definitiva, tratando de minimizar el talante frívolo que casi todos los occidentales adoptamos cuando hacemos un trabajo de voluntariado de esta índole.

Por cierto, con los años he acabado viajando mucho por la India y otros muchos países de Asia y opino que, cuando se va a Calcuta, se ha de ir sólo a Calcuta. En exclusiva. Es una experiencia suficientemente poderosa en sí misma y creo que alternarla con tours por Varanasi y el Tah Majal solo la han de enturbiar. Pero cada uno es libre.

Dicho todo esto, no sé me ocurren muchas más cosas concretas que decir -y al mismo tiempo se me ocurren muchísimas-. Si tenéis alguna duda o queréis preguntarme al respecto, por favor, no dejéis de escribirme.

Sobre Misioneros de la Caridad

Misioneros de la Caridad (MC) es una congregación religiosa católica establecida en 1950 por la Madre Teresa de Calcuta para ayudar a los más pobres.

La orden consta actualmente de más de 4500 monjas en más de 133 países. Las adherentes deben hacer los votos de pobreza, castidad y obediencia más un cuarto voto de servicio libre y de todo corazón a los más pobres de entre los pobres. Los Hermanos de las Misioneras de la Caridad se fundan en 1963, y una rama contemplativa de las Hermanas se crea en 1976. En 1984 la Madre Teresa fundó junto al Padre Joseph Langford los Padres Misioneros de la Caridad.

Las Misioneras ayudan a refugiados, ex prostitutas, enfermos mentales, niños abandonados, leprosos, víctimas del sida, ancianos y convalecientes. Tienen escuelas atendidas por voluntarios para educar a los niños de la calle, comedores de caridad, y proveen otros servicios de acuerdo con las necesidades de la comunidad. Solo en Calcuta existen 19 casas que acogen hombres y mujeres necesitadas, niños huérfanos, enfermos de sida, una escuela de niños de la calle y una colonia de leprosos. Estos servicios son proporcionados a la gente sin tener en cuenta su religión.

Escrito por

Escrito por

Rafael Berral

Realizado con el apoyo de

Misioneras de la Caridad

Ubicación

Calcuta, Bengala Occidental, India

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