Voluntariado en un comedor social en Madrid: los que más nos necesitan están muy cerca

Madrid, Madrid, España1 DíaSemanalHambre Cero

Mi experiencia de voluntariado en el Comedor de San Francisco de Madrid (gestionado por las Hermanas Terciarias Capuchinas en la Calle General Asensio Cabanillas) empezó durante mi primer año de Colegio Mayor, al llegar a Madrid para estudiar la carrera. Siempre había querido participar en alguna actividad de este tipo, y a través del Colegio Mayor encontré esta oportunidad.

Se trata de un comedor relativamente pequeño en el que, por turnos de 32 personas y en horario de 11 a 13:30/14:00, todo el que quiera puede ir a comer. Cuando yo empecé el voluntariado, en el año 2006, se daban unos 6 turnos diarios de media, aunque en los peores años de la crisis, el número de asistentes aumentó considerablemente, llegando a los 11 turnos de media, más de 350 comidas diarias.

A diferencia de otros sitios, aquí no se pide ninguna tarjeta ni identificación para entrar. Solamente hay que hacer la cola, que suele acumular uno o dos turnos según la hora, y una vez dentro, todos se sientan en mesas de 3 o 4 comensales y son los voluntarios los que sirven la comida en los platos.

Esto, aunque pueda parecer una pequeñez, creo que es algo que marca una diferencia importante, ya que permite a los voluntarios entablar conversación y relacionase con los usuarios, algo que muchos de ellos no suelen encontrar fuera del comedor.

Es cierto que algunos solo quieren comer y disfrutar de la que probablemente va a ser su única comida caliente del día, pero muchos otros buscan también compañía, empatía, escuchar y sentirse escuchados… en definitiva, algo que parece evidente pero que no siempre es así, ser tratados como personas y, como siempre repetía la monja que estaba al frente del comedor “con dignidad”. Porque muchas veces se nos olvida que son personas, como tú y como yo, que por determinadas circunstancias que también podrían pasarnos a nosotros, han terminado en la calle o teniendo que acudir a un comedor social.

Los turnos de comida eran de entre 20 o 30 minutos, dependiendo de si había un solo plato y postre o dos platos, postré y café, de si se podía repetir o no, de la cantidad de gente que había esperando en la calle para entrar, de si los de fuera estaban esperando con frío y lluvia o no, etc. Durante ese tiempo, los voluntarios nos repartimos entre la cocina – ayudando a fregar y recoger los platos – y el comedor, donde había que servir los platos, pasar con las repeticiones, atender requerimientos especiales (alergias, etc.). Era entonces cuando, entre plato y plato, hablabas con ellos y te dabas cuenta de las distintas realidades que existen, muchas veces alejadas de las que nosotros vivimos y demasiado desconocidas.

Esta ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida. Estuve acudiendo al comedor regularmente todos los sábados durante más de 6 años – después, por motivos personales y laborales tuve que espaciar mi asistencia – y durante todo ese tiempo tuve la oportunidad de conocer a muchas personas. Algunos usuarios eran bastantes fijos, y terminabas por conocer su historia y entablar una cierta relación de confianza y amistad con ellos (a alguno llegué a ayudarle con algún pequeño problema legal). Otros iban y venían, pero todos te aportaban mucho más de lo que tú podías aportarles a ellos.

Por un lado, con los voluntarios que íbamos fijos todos los sábados, creamos una pequeña gran familia. Capitaneado por Soki, la monja responsable, conformábamos un grupo de personas diversas, desde universitarios hasta señoras jubiladas. De vez en cuando comíamos juntos al terminar los turnos y una vez habíamos recogido todo el comedor y, a día de hoy, muchos años después, seguimos viéndonos, aunque algunos de nosotros ya no acudamos al comedor como voluntarios.

Y por otro lado, el aprendizaje que me llevé de los usuarios que conocí y sus trayectorias vitales me ayudo a madurar, y a aprender a valorar lo que tengo, a ser consciente de mi situación privilegiada, que en muchas ocasiones es fruto del puro azar, por haber nacido en un sitio y en una familia determinada.

Muchas veces parece que para hacer un voluntariado o cambiar las cosas hace falta irse a la otra punta del mundo. Sin embargo, se nos olvida que podemos activar ese cambio y empezar a ayudar a dos calles de nuestra casa, con las personas que, a escasos metros de nosotros, nos necesitan tanto como las que están a cientos de miles de kilómetros.

Ser voluntario en el comedor me enseñó que una sonrisa, una palabra amable y un trato cordial, ayudan mucho a las personas que están en una situación complicada a sentirse mejor. Eso es algo que cualquiera podemos ofrecer y es el único requisito que hace falta para poder hacer un voluntariado en un sitio como el Comedor de San Francisco.

Cada sábado, cuando terminaba de barrer y fregar al final de mañana, me daba cuenta de que, una vez más, yo había recibido mucho más de lo que había aportado.

Escrito por

Escrito por

jhcortesbardaji

Realizado con el apoyo de

Hermanas Terciarias Capuchinas

Ubicación

Madrid, Madrid, España

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