De España a Argentina como Ingeniero Voluntario

Buenos Aires, Argentina2 MesesIndustria, Innovación en Infraestructura

Tras años en el mundo del voluntariado y tras finalizar mi carrera como Ingeniero Industrial, decidí embarcarme en una experiencia que siempre había imaginado en mi cabeza: unir ingeniería y cooperación. El pensar que, con mi carrera que tanto me apasiona, podía ser capaz de contribuir a mejorar la vida de alguien, aunque sea mínimamente, me parecía fascinante.

Dando rienda suelta a mi curiosidad descubrí en internet la maravillosa labor de Ingeniería sin Fronteras Argentina (ISF-Ar): proyectos de acceso al agua, energía, infraestructura, etc. Todo esto captó mi atención inmediatamente e hizo que me pusiera en contacto con ellos. Por situarnos en el tiempo, en ese momento me encontraba en el primer año del máster de Ingeniería Industrial, por lo que me faltaba aún otro año para finalizarlo, dificultando esto llevar a cabo cualquier proyecto fuera de mi ciudad que decidiera emprender. Sin embargo, la disposición del equipo de ISF-Ar fue maravillosa y, tras conocernos, me ofrecieron la oportunidad de trabajar con ellos cuando mi disponibilidad lo permitiese.

Sin embargo, me iba a dar cuenta un año más tarde que nunca iba a ser el momento idóneo para irme, siempre algo iba a estorbar. En la etapa final del máster me encontraba disfrutando de un buen trabajo, con un equipo increíble y con posibilidades de continuar en otros proyectos emocionantes, algo que debería de dejar pasar si decidiera irme a Argentina. Todo esto me hizo plantearme si verdaderamente toda esa idea de irme era un capricho pasajero o era una experiencia de vida necesaria para mí.

Siendo una reflexión dura y con altibajos, me di cuenta que este tipo de experiencias puede que sólo se den una vez en la vida, que jóvenes somos sólo una vez, que nunca va a ser buen momento para salir de la zona de confort y que, decidiera lo que decidiera, iba a ser feliz. Por todo esto, dejé mi vida en España y el 25 de enero de 2020 embarqué rumbo a Buenos Aires.

De repente me encontré en esa ciudad, en pleno verano argentino, viviendo esa experiencia que meses atrás era solo un sueño. Caí en los brazos de una ciudad que me acogió como nunca me hubiera esperado. La hospitalidad de su gente y su carácter alegre y abierto, hicieron que en apenas dos semanas me sintiera uno más.

A los días de llegar empecé a trabajar en los proyectos a los que había sido destinado. Uno de ellos consistía en la construcción de un pequeño puente vehicular que comunicaba los partidos -o barriadas- de Quilmes y Florencio Varela que en época de lluvia quedaban incomunicadas debido a las inundaciones. Esta problemática tuvo como consecuencia el fallecimiento de cuatro personas, entre ellos dos niños, por lo que el impacto de la realización de este proyecto era grande. Durante mis casi dos meses de experiencia, trabajé y disfruté este proyecto una media de dos días por semana.

Inundación de las comunidades afectadas

Construcción del puente vehicular

El segundo proyecto que ocupaba mi tiempo era la construcción de una pileta -o piscina- comunitaria en la zona de Bernal Oeste, Quilmes. El objetivo de este proyecto era dotar de un espacio de recreación a todos los niños, niñas y adolescentes de esta zona que no tuvieran la posibilidad de acceder a un aprendizaje de natación o de otras actividades. Este proyecto me hizo disfrutar, a parte de la labor de obra, de la maravillosa compañía de todas las personas que vivían allí. Compartiendo anécdotas, juegos, mates y asados, establecí una relación emocional bonita con aquel lugar y aquellas personas. Además, saber que el proyecto iba a incidir directamente en 1000 niños y niñas lo hacía aún más especial.

Construcción de la pileta comunitaria

Poco antes de la llegada del coronavirus, disfruté de lo que sería una de las experiencias más bonitas e intensas en mi vida. Tuve la suerte de participar en un proyecto para una comunidad indígena en el norte de Argentina que me cambió un poquito la vida. Tras volver, escribí sobre ella unas palabras que me gustaría compartir aquí esperando  no se haga largo:

Por fin consigo ejemplificar aquello de “el que más tiene es el que menos necesita”, y de qué manera…

Cómo expresar cuando uno da un giro a su vida buscando algo, quizá respuestas, quizá experiencias, no sé, y va y lo encuentra. Y más difícil aun cuando no sabes exactamente qué es lo que buscas. Lo único que sabes, o notas, es un ruido interior que te hace sentirte incómodo, frustrado, a falta de algo. Es en una décima de segundo cuando decides ir a buscar ese algo sin saber si lo vas a encontrar.

Santiago del Estero, Argentina, Marzo del 2020.

Tras un mes y medio viviendo en Buenos Aires me dispuse a viajar a un pueblo llamado Colonia Dora dentro de una ciudad llamada Santiago del Estero a 1000 km de la capital, con el fin de colaborar en un proyecto de ingeniería social. Básicamente se trata de construir unos aljibes para la comunidad indígena de San Antonio de Copo, la cual no dispone de acceso al agua. Así es, Argentina también tiene esa realidad, niños, mujeres y hombres que no tienen más agua que llevarse al estómago que la de un riachuelo o, en el mejor de los casos, la de la lluvia.

Conociendo a la comunidad mientras compartimos mate y tortillla

En estos días he podido vivir momentos maravillosos, he podido disfrutar y observar en personas detalles parecen pequeños, pero son enoooormes. Ya me advirtieron de la calidez humana de la gente del norte de Argentina, gente humilde y sencilla que vive la vida de otra manera. Empezando por la gente que nos acogió, una escuela para familias agrarias cuya misión es dar educación a aquellos chicos que viven en zonas rurales alejados de las urbes. Estos maravillosos docentes, aparte de formar a sus alumnos en materias básicas como lengua o matemáticas, tratan de inculcarles valores en ocasiones olvidados en la sociedad que conocemos como son el compañerismo (mirar al de al lado antes que a ti mismo), el respeto y la superación personal. Estos chicos asisten a la escuela 15 días al mes y el resto lo pasan con sus familias trabajando en el campo, aplicando lo aprendido en la escuela y ayudándose en lo que sea necesario. ¿Vacaciones? ¿fin de semana? ¿qué es eso? Parece una tortura ¿cierto?, pues lo curioso es que son felices.

No quiero transmitir una historia idealista donde aquel que no tiene nada disfruta de los pequeños detalles sin importarle los problemas que tenga. Es obvio que estas familias padecen problemas muy graves. Sufren enfermedades como el mal de chaga, que es incurable y que afecta al corazón directamente pudiendo provocar incluso la muerte. Como decía antes, su agua mineral es el agua de lluvia y su agua de grifo es la de un canal con animales muertos. Si enferman y llueve, olvídese, los carriles son impracticables y el centro de salud más cercano está a 50 km. Lo que quiero dejar claro es que cuando tienen un mínimo momento de disfrute, lo disfrutan. Cuando tienen algo para dar, lo dan. Y cuando tienen algo por lo que sonreír, sonríen.

Típica vivienda en San Antonio de Copo

Nuestra misión allí era conversar con las familias para obtener la información necesaria para el proyecto, tomar algunas medidas y planos y a su vez aprender o entender algunos aspectos sociales de la comunidad. Esto suponía conversar y conocer a las familias, compartir un mate dulce y comer algunas de las ricas tortillas que elaboran en sus hornos tradicionales de barro. Era evidente que de esta labor saldrían momentos lindos, pero no sabía que tantos.

Imagen de una casa con techo de chapa, canaleta y aljibe ya construidos

Recuerdo un chico de una de las familias, de unos 8 años llamado Santiago, que junto a su hermano me ofreció echar unas patadas al balón. Empezamos a jugar con un balón de plástico duro que no botaba y encima se deformaba. “¡Eh Santiago!, armá dos palos y jugamos unos penales”. Santiago enterró dos palos y empezamos con la tanda. En uno de estos, le di con fuerza al balón y este se deformó provocando un hoyuelo. Yo quería seguir jugando porque era obvio que en cada disparo el balón se iba a deformar así que qué más da, seguimos con el balón tal y como está. Sin embargo, Santiago agarró la pelota y se sentó en el campo, que a la vez era el suelo de su casa, para poder repararla. Con mucho cariño y cuidado y dándole pequeños golpes a distintas partes de la pelota, consiguió que recuperara su forma original y pudimos seguir jugando. Ese detalle me hizo entender el grado de conformidad que tiene cada uno con lo material. Yo de pequeño me preocupaba si mi balón del mundial nuevo tenía algún rasguño durante los primeros días, pero al cabo de una semana ni me fijaba, total, si se rompía y me había portado bien seguramente podía tener otro. En cambio, para Santiago esa era su pelota, su única pelota, quería disfrutarla en su mejor condición y no quería jugar con un trapo si esa se rompía.

Al final de los días ya establecimos una relación muy estrecha con algunas familias. “Amigos españoles” nos llamaban. Nos ofrecían todo, la comida, el alojamiento, su ayuda para guiarnos por los caminos, sus vehículos… ya digo, todo lo que estuviera a su alcance, aunque no les sobrara. En la casa de Silvia nos disponíamos a irnos para no interrumpir la hora del almuerzo cuando nos sorprendieron con un sándwich milanesa para cada uno. Reconozco que el momento fue incómodo, porque viendo la situación en la que vivían, siendo 8 personas en la casa y 7 de ellos niños, me daba la sensación de que comida no les sobraba. Aun así su cara de felicidad y la de los niños por ofrecerte el sándwich hacía que el rechazo se convirtiese en un mal gesto hacia ellos. Magnifica comida ese día y mejor compañía ¡Gracias Silvia!

Una pregunta que me rondaba la cabeza después de hablar con las familias era: ¿siempre se puede estar mejor? Es decir, ¿cuándo somos del todo felices? Creo que es la pregunta del millón y estaba claro que ellos no me la iban a contestar, pero si me hicieron cuestionármela a raíz de una pregunta que yo les hacía a ellos. Para conocer un poco más la manera de vivir y preocupaciones de esta comunidad les preguntaba acerca de qué otros problemas a parte del agua tenían para vivir allí. Yo preparado con el bolígrafo para escribir una lista me encontré en el 90% de los casos con la misma respuesta: NINGUNO. Me provocaba sorpresa y risa al principio ¡Cómo que ninguno! Es obvio que no les contestaba eso, pero les veía ahí, en medio desierto sin apenas electricidad, rodeados de enfermedades, sin transporte, sin contacto con el exterior y pensaba ¿cómo que ninguno? Dejando silencio tras su contestación me di cuenta que ellos mismos me lo iban a contestar.

Ellos te explicaban que tenían la suerte de vivir en el campo, en libertad. Que se sentían afortunados de ver poder crecer a sus hijos. Que disfrutaban viendo como sus hijos se adaptaban al medio y que finalmente, sin ese medio no podían vivir. Se sentían conectados con la naturaleza. Es entonces cuando comprendí que la felicidad está condicionada por la realidad de cada uno. Algunos pueden decir que como no conocen lo bueno, no lo echan en falta. Pero… ¿qué es lo bueno?

Con esta experiencia y la llegada del coronavirus, acabó mi sueño argentino.

Escrito por

Escrito por

Álvaro Romero Macías

Realizado con el apoyo de

Ingeniería Sin Fronteras Argentina

Ubicación

Buenos Aires, Argentina

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